Andersson y Hitzfeld sobre sus recuerdos de 2001

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Hace 20 años, el FC Bayern vivió un final de temporada del que todavía se habla. En Hamburgo y Milán, el club, el equipo y los aficionados sufrieron, lucharon y celebraron. Patrik Andersson y Ottmar Hitzfeld echan la vista atrás a un mágico mayo de 2001 en la revista del club, "51".

En su casa de Estocolmo, Patrik Andersson no tiene trofeos en sus estanterías, sino libros. Muchos de ellos parecen viejos, realmente viejos. "Colecciono libros de finales del siglo XIX", dice, "viejos cuadernos de viaje, por ejemplo de África. O la historia de diferentes países. Eso es lo que me interesaba cuando estaba en la escuela". ¿Y qué hay de su propia historia? Andersson se encoge de hombros. El ex futbolista de 49 años solo hizo espacio en medio de sus libros para los dos trofeos de Futbolista del Año en Suecia. Sin embargo, hay mucho más que contar, especialmente durante cinco días con el FC Bayern, allá por el mes de mayo.

El último disparo decide la lucha por el título

19 de mayo de 2001. "Volksparkstadion...", murmura Andersson y sonríe. "En esos seis meses jugué el mejor fútbol de mi vida". En general, el equipo: Effenberg, Scholl, Elber, Kahn, Lizarazu, Sergio... Todos jugadores de primer nivel, dice. Sin embargo, la temporada fue cambiante. En la Copa DFB, el equipo fue eliminado en la segunda ronda por el 1. FC Magdeburg. En la Bundesliga, el FCB cayó temporalmente al quinto puesto. Ahora, en la última jornada en Hamburgo, solo faltaba un punto para que el campeonato fuera perfecto ante su más direto rival, el Schalke 04. Hasta el minuto 90, no había duda de que sucedería, hasta que Sergej Barbarez anotó de cabeza el 1-0 para el HSV. Andersson llegó demasiado tarde. "Barbarez no era para nada mi hombre, no pude entrar en el duelo", cuenta. En el banquillo, el suspendido con amarilla Hasan Salihamidžić se llevó las manos a la cabeza. En el partido paralelo, el Schalke derrotó al Unterhaching por 5-3. El campeonato parecía perdido, hasta que el portero del HSV, Mathias Schober, cogió con las manos el pase hacia atrás de un compañero en el minuto 94. Tiro libre indirecto en el área del Hamburgo. Todo el mundo lo tenía claro: este último disparo decidiría la lucha por el título.

Incluso por teléfono, se puede intuir que Ottmar Hitzfeld está sacudiendo la cabeza 20 años después del partido. "Ese disparo a través de la barrera... lo vi muchas veces... ¡inimaginable!" En qué estaba pensando el buen señor, se pregunta aún hoy el entonces entrenador del Bayern. A sus 72 años aún recuerda exactamente cómo Oliver Kahn atravesó el área del Hamburgo antes de la ejecución. "Puso a todos nerviosos, quizás eso fue algo bueno", dice. En ese momento, Hitzfeld estaba demasiado alejado de la situación del tiro libre para intervenir. "No estás gritando quién debería disparar. Tienes que confiar en tus mejores jugadores". Effenberg, Scholl y Tarnat fueron sus lanzadores designados de tiros libres. Sin embargo, de esos tres, solo el capitán Effenberg estaba sobre el terreno de juego en el tiempo de descuento en Hamburgo, y decidió que alguien que nunca lo había hecho con el Bayern anteriormente, disparara: Patrik Andersson. "Fue una intuición", dice Hitzfeld, "Stefan le dijo a Patrik: 'Ahora necesitamos un tiro seco y duro, la fuerza es más importante que la precisión'. Así es el fútbol. ¡Esto es historia del fútbol!"

El hueco en la barrera

Effenberg conocía las cualidades de Andersson como lanzador de faltas de los tiempos en los que coincidieron en el Mönchengladbach. "Fui hacia adelante como todos los demás. Entonces llegó Effe e inmediatamente dijo: 'Patrik, dispara tú'", relata Andersson. La única pregunta era: ¿a dónde? El balón quedó a medio camino en el área de penalti, a nueve o diez metros de la portería, con once jugadores del Hamburgo (y cinco del Bayern) en medio. "Tienes mil pensamientos en la cabeza", cuenta Andersson. Se dio cuenta: En cuanto Effenberg tocaba el balón, Schober y Stig Tøfting se lanzaban hacia él desde la derecha. "Cuando disparo, están casi encima mía. Por lo tanto, el palo largo se cerró. Lo único que quedaba era golpear la pelota lo más fuerte posible, mantenerla plana y esperar que de alguna manera, entrara". El árbitro hizo sonar su silbato, Andersson corrió, Effenberg empujó el balón en su dirección, Schober y Tøfting se precipitaron... Mientras todo sucedía al mismo tiempo, Andersson notó un cambio en la pared del Hamburgo. "Vi que se movía un poco por dentro. Había un pequeño hueco entre los dos jugadores del extremo izquierdo, y por ahí pasó el balón. Ha dado en el clavo, ¡increíble!" El sueco, festejando con los brazos extendidos, salió corriendo con cara de incredulidad. "Hay momentos en los que todo estalla", dijo, "cuando ves a tus compañeros de equipo, a la gente del banquillo, a los aficionados en las gradas... ¡escenas inolvidables! ¡La locura!" Kahn arrancó el banderín de córner y se tumbó en el césped con él, animando. Poco después, cayó en los brazos de Hitzfeld y le dijo: "¡Sigue, sigue!".

En dos años en Múnich, Andersson solo marcó este único gol. Su trabajo únicamente era cerrar la parte de atrás, dice casi disculpándose. Por eso, su gol fue especial. "Si miras cuántos jugadores en la historia han vestido la camiseta del Bayern... Con ese gol en Hamburgo, dejé algo". Pero, ¿cómo había conseguido el equipo reponerse tras ir perdiendo 1-0 en el minuto 90? Andersson cuenta la reacción de Kahn al quedarse atrás. Cómo el portero del FCB se apresuró a sacar el balón de la red y a tirar de la camiseta de Sammy Kuffour. "Olli dio ejemplo. Eso fue decisivo", cree, "Olli nos hizo darnos cuenta: ¡todavía no se ha acabado!". Dos años antes, el Bayern había experimentado dolorosamente contra el Manchester United lo que era posible de pasar en el tiempo de descuento. Rendirse no era una opción.

Viento a favor para la final de la CL

Mientras Kahn levantaba el trofeo de campeón ante los aficionados de Hamburgo ("Da ist das Ding!"), las lágrimas fluían en el Parkstadion de Gelsenkirchen. Tras el 1-0 del HSV, miles de aficionados habían irrumpido en el campo, celebrando el primer título de campeón del Schalke en 43 años, creyendo que el Bayern había perdido. Durante cuatro minutos se sintieron campeones, y entonces el tiro libre de Andersson les golpeó justo en el corazón. "Para el Schalke fue brutal, para nosotros fue increíble", dice Hitzfeld. Sobre todo, increíblemente importante. "No quiero imaginar lo que nos habría pasado si no se hubiera marcado ese gol". Cuatro días más tarde, llegó la final de la Champions League. Perder el campeonato habría aumentado la ya enorme presión. El alivio fue grande, cuenta Andersson. A partir de ese momento, los pensamientos se centraron en la gran final contra el Valencia FC.

23 de mayo de 2001: "Hoy es un buen día para hacer historia", leerán los aficionados del Bayern en una pancarta en San Siro esta misma tarde. Todo el mundo lo sabía: 25 años después del último triunfo en la copa intercontinental, dos años después de la amarga derrota en Barcelona, ya era hora de que la Orejona volviera a manos muniquesas. "Desde mi primer día en Múnich, sentí el hambre del equipo", cuenta Andersson. Los bávaros terminaron la fase de grupos y la ronda intermedia -a pesar del mítico 0-3 en Lyon- en primer lugar. Eliminaron al Manchester United en cuartos de final y al vigente campeón, el Real Madrid, en semifinales. Ahora estaban a un partido del trofeo. El día de la final, Hitzfeld invitó a Andersson a su habitación de hotel. "Fue una conversación breve, también un voto de confianza. Quería tantearle de nuevo, quería escuchar su opinión", recuerda el entrenador del FCB. El Valencia conocía al Bayern desde la temporada anterior, en la fase de grupos se habían enfrentado en dos ocasiones (1-1). Incluso entonces, los españoles habían llegado a la final. "Era un equipo muy bueno, muy estable atrás, fuerte en el contraataque", dice Andersson. Tuvo un papel clave en el centro de la defensa. "Patrik era el hombre decisivo en nuestra línea de tres defensas, nuestro estabilizador, el hombre a cargo de la defensa", dice Hitzfeld, "no conocía el nerviosismo.

Escogió la esquina equivocada

El fantástico futbolista sueco volvió a demostrarlo esa noche en un partido que se fue convirtiendo en un thriller a medida que avanzaba. El Valencia recibió un penalti ya en el minuto 3. "Intentaba bloquear un tiro y me caí en el proceso", dijo Andersson. El balón rodó hacia él, Gaizka Mendieta siguió. "Puse los brazos delante de mi cabeza para protegerme". El balón rebotó en su codo, el árbitro hizo sonar su silbato, y Mendieta marcó el 0-1. Cuatro minutos más tarde, penalti en el otro lado, pero Mehmet Scholl no logró batir al portero del Valencia, Santiago Cañizares. En el minuto 50, tras una mano de los españoles, el árbitro señaló el punto de penalti por tercera vez: Effenberg transformó el penalti, 1-1. Ése era el resultado tras los minutos 90 y 120. La decisión tuvo que tomarse en una tanda de penaltis. Andersson fue el cuarto tirador del FCB, después de tres intentos cada uno el marcador estaba 2-2. "Hay un largo camino desde la línea de medio campo hasta el punto de penalti", dice. En 1989, ya había hecho ese viaje una vez en una final. En la final del campeonato sueco con el Malmö FF (contra el Norrköping), se estrelló el balón contra el larguero. Dos compañeros de equipo también fallaron, el Malmö se quedó sin el título. Hoy en día, Andersson tiene que reírse cuando lo cuenta. "Así fue", dice. Nunca ha tenido miedo de lanzar penaltis. Ni siquiera en Milán. "No pensé en Malmö. Todo a mi alrededor se volvió oscuro", dice, describiendo su trayectoria hasta el punto de penalti. En los penaltis anteriores, dijo, había observado que Cañizares siempre saltaba a la esquina izquierda desde el punto de vista del lanzador. "Así que disparé a la derecha - ¡pero Cañizares lo paró!" Afortunadamente, el nombre del portero del FCB era Oliver Kahn, dice. Inmediatamente después del fallo de Andersson, Kahn detuvo el disparo de Amedeo Carboni, y al final también ante Mauricio Pellegrino. El Bayern se impuso en la tanda de penaltis por 5-4, y finalmente devolvió el trofeo a Múnich después de 25 años.

El mejor recuerdo que tiene Andersson de las celebraciones es el regreso a Múnich. Un millón de aficionados recibieron a sus héroes. "El desfile por la ciudad, la celebración en el balcón del ayuntamiento... ¡extraordinario! Todos habíamos esperado mucho tiempo este trofeo: los aficionados, nosotros los jugadores, el club", afirma Andersson todavía hoy con entusiasmo. Atrás quedaban cinco días de altibajos para él y el Bayern. El campeonato y la Champions League parecían perdidos al principio, pero al final se ganaron. "En estos momentos decisivos se ve lo grande que es un equipo", dice Andersson, "estoy muy orgulloso de que me hayan permitido formar parte de este equipo. Era una plantilla excepcional". En su casa de Estocolmo, tiene colgado un antiguo grabado. Muestra a los alcaldes de Múnich entregando las llaves de la ciudad a Gustavo II Adolfo, rey de Suecia, durante la Guerra de los Treinta Años. "Un pequeño recuerdo de mis días en Múnich", dice. La historia es importante para Patrik Andersson. En el FC Bayern, ha contribuido a escribir un capítulo especial.

Ilustraciones: Rafael Alvarez

Visitamos a Patrik Andersson. Aquí puede ver la segunda parte del documental: