



Liberación en el último segundo
sáb | 02/05/26 | 19:46
Del empate en el último minuto a una energía extra: qué significa el 3-3 ante el Heidenheim para el duelo contra Paris Saint-Germain
Un último intento. Un último disparo. Y, con él, una última vez para esperar, rezar y cruzar los dedos. Entonces, como si el dios del fútbol hubiera decidido que aquella enloquecida tarde de sábado tenía que ser aún más dramática, el balón volvió a negarse a entrar. Michael Olise lo había puesto en marcha en el tiempo añadido del partido en casa contra el 1. FC Heidenheim: con la izquierda, con ese pie que tiene algo de magia. Pero no arriba, buscando la escuadra, como acostumbra. No. Esta vez fue raso, fuerte y con efecto. Igual de colocado, eso sí. ¡Pum! El poste. Diant Ramaj, el valiente portero del Heidenheim, ya se había lanzado de todas formas, había estirado cada centímetro de su cuerpo hacia el balón... y entonces la pelota rebotó de forma cruel en el palo y fue a golpearle en la espalda. Rodó. Despacio. Desesperadamente despacio, como si quisiera reírse una última vez de todos los presentes. Y cruzó la línea: 3-3. Minuto 101. Un empate dramático, arrancado tras remontar dos veces. Pitido final. «Fue la mentalidad, la fe», aseguró Vincent Kompany.
Con un pañuelo en cada fosa nasal
Mientras la afición del Bayern celebraba a pleno pulmón ese gol tan tardío como inesperado —en un partido que ya parecía perdido y con la semifinal de Champions contra el Paris Saint-Germain del miércoles en la cabeza—, los futbolistas del Heidenheim estaban hundidos. Para entender lo que sentían tras ese empate en plena batalla por la permanencia, bastaba con buscar la cara de Jonas Föhrenbach. El defensa visitante había chocado de forma brutal con su propio portero bajo la presión constante del ataque bávaro y había necesitado varios minutos de atención médica. Ahora estaba sentado en algún punto del césped, ensangrentado, con un pañuelo grande en cada fosa nasal, moviendo la cabeza con incredulidad ante un punto que, antes del pitido inicial de aquel día veraniego en Múnich, cualquier jugador del Heidenheim habría firmado sin pensárselo dos veces.
«Claro que el Bayern, entre los dos partidos contra el PSG, quizás no estaba al máximo nivel», reconoció Patrick Mainka. Pero añadió: «Nosotros mantuvimos viva la esperanza. Por eso duele tanto encajar el empate en la última jugada. Duele una barbaridad, pero quién sabe cuánto puede valer ese punto al final.»

El Heidenheim había llegado a ganar por 2-0. Sí, incluso había vuelto a ponerse 2-3 con el tiempo casi agotado. Pero lo que distingue al FC Bayern en estos días cargados de electricidad es también una voluntad de hierro. Tan descomunal que probablemente hasta la cresta de los Alpes podría desplazarse unos centímetros si el equipo se pusiera de acuerdo y empujara con la suficiente fuerza. La brutalidad, la energía en estado puro que puede desplegar el ya proclamado campeón, ya la había sufrido en sus propias carnes el 1. FSV Mainz 05, que con 3-0 a favor terminó perdiendo 3-4. O el Paris Saint-Germain, que llegó a dominar 5-2 y ahora afronta el partido de vuelta del miércoles con un 5-4 en contra que duele. Y ahora, otro empate robado en el último suspiro, en un partido que el FC Bayern había entregado irresponsablemente hasta el 0-2 antes del primer gol de descuento de Leon Goretzka, de falta directa —el segundo tanto de falta de su carrera en la Bundesliga—. «Al principio no estuvimos a nuestro nivel y ellos lo aprovecharon bien», analizó el técnico local Kompany.
Como el olor a cerveza flotando en un Biergarten muniqués
Ese gol de descuento y la artillería ofensiva que Vincent Kompany envió al campo tras el descanso doblaron las rodillas del Heidenheim en cuestión de segundos: Joshua Kimmich, Harry Kane, Luis Díaz y Michael Olise formaron junto al resto un huracán que sacudió la Allianz Arena de arriba abajo y que no tardó en traer el empate. Goretzka de nuevo, firmando su cuarto doblete en la Bundesliga y su quinto gol de la temporada.
Y el FC Bayern siguió apretando sobre la portería del Heidenheim con una alegría y un hambre que no daban tregua: Kimmich estrelló el balón en el palo, Kane no llegó, Díaz no pudo, Olise apuntó demasiado alto, Jackson un pelo demasiado largo. Las ocasiones se acumulaban casi minuto a minuto, el aire se enrarecía para el Heidenheim y el peso de la presión se volvía asfixiante. Las estadísticas abrían una brecha que no dejaba de crecer: disparos, pases, posesión, ocasiones claras. El golpe de gracia, el gol de la victoria del FC Bayern, flotaba en el ambiente como el olor a cerveza flotando en un Biergarten muniqués. «Lo que hacen estos chicos para reponerse una y otra vez no puede darse por sentado», reconoció Vincent Kompany. Aunque quien celebraría a continuación sería, de nuevo, el Heidenheim.
Arijon Ibrahimovic, cedido precisamente por el Bayern, había tenido un partido sobresaliente y se escapó una vez más en el último contraataque visitante. Y Budu Zivzivadze, ya con las piernas casi sin respuesta, ejecutó un quiebro extraordinario y, en plena caída, colocó el balón con una vaselina de esas que no se olvidan junto al palo de un Jonas Urbig que no pudo hacer nada: 2-3 para el Heidenheim. Quedaban apenas 14 minutos.
Y el Bayern volvió a empujar, echó más leña a un fuego que llevaba rato ardiendo sin control. Centro tras centro sobrevoló el área del Heidenheim, hasta que uno llegó de alguna forma a Michael Olise en el borde del área. Minuto 101. Palo, espalda, 3-3. Un gol arrancado, peleado y metido a la fuerza en el último aliento por un equipo, un cuerpo técnico y una afición que no dejó de empujar ni un segundo. El acorde final de un partido dramático que ahora libera una energía enorme de cara a la semifinal de Champions del miércoles. Así lo veía también Kompany: «Podemos mejorar muchas cosas, pero tampoco hay que olvidar que los chicos hicieron al final todo lo posible para no perder. Eso nos lo llevamos al siguiente partido. Todo lo demás son detalles que tenemos que corregir».
El miércoles, una olla a presión

«Mañana los chicos recuperarán y luego tendremos dos días para preparar el partido del miércoles con toda la intensidad», prometió Christoph Freund, el director deportivo. «El miércoles esto va a arder. Estoy con un hambre enorme de jugar ese partido. Queremos llegar a la final. Ahora toca concentrarse, juntar fuerzas y el miércoles dejarlo todo sobre el campo», declaró Leon Goretzka, autor del doblete. Aunque haga falta el último disparo, el último intento... y un dios del fútbol un poco loco.
Las reacciones tras el partido ante el Heidenheim:

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