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Entrevista por su 75 cumpleaños

Paul Breitner: el librepensador

Paul Breitner asegura que hoy ya no existiría como tal: «Sería uno más entre todos». Con motivo de su 75 cumpleaños, la revista para socios «51» habló con él sobre su trayectoria profesional, los apuntes que está preparando para sus bisnietos y la palabra más importante de su vida.

Entrevista a Paul Breitner

Revolucionario, rebelde, inconformista… Señor Breitner, a lo largo de su vida le han colgado muchas etiquetas. ¿Con cuál no se identifica en absoluto?
«Nunca me ha gustado la palabra “inconformista”. Alguien que piensa de otra manera porque cree que eso es lo correcto para él no es un inconformista. Es un individualista, alguien que tiene una actitud propia. Yo quería llevar mi vida de una manera diferente a como lo hacían los demás a mi alrededor. Siempre he dicho: cada uno a su manera, pero yo a la mía».

¿Cuándo empezó todo?
«Me creía muy adulto desde muy pequeño. Así que intenté, en la medida de lo posible, decidir por mí mismo. Salía de casa a las seis de la mañana, recorría seis kilómetros en bicicleta hasta la estación, hiciera el tiempo que hiciera, y a las dos menos diez de la tarde ya estaba de vuelta en casa. Mis padres trabajaban los dos y yo tenía una lista con todo lo que debía hacer. Hacer la compra, pasar un poco la aspiradora. Y lo hacía».

Así que asumió responsabilidades desde muy pronto...
«En séptimo curso del instituto de Traunstein nos dieron una carta sobre una reunión de padres. Estamos cenando y les digo a mis padres: “Por cierto, aquí tenéis una carta”. Mi padre mira a mi madre: “¿Qué hacemos? ¿Quién va?”. Entonces les dije: “¡Alto! No va nadie. Todas las tardes estoy solo en casa y no tengo ningún problema para salir adelante. Podéis confiar en mí”».

¿Cómo reaccionaron sus padres?
«Se quedaron casi un poco sorprendidos por lo tajante que fui. Les estaba diciendo: “Vosotros ya no, ahora decido yo por mí mismo”».

Eso también se aplicaba al fútbol. Ya entrenaba solo cuando era adolescente. ¿Le gustaba?
«No, yo no soy una persona que busque pasárselo bien. Puedo divertirme si alguien me cuenta un chiste. Pero, por lo demás, para mí lo importante es disfrutar. Entrenaba solo cuatro veces por semana; únicamente los miércoles tenía entrenamiento con el equipo. Los martes iba a un gimnasio y golpeaba el balón contra la pared: era mi compañero perfecto. La pared no te perdona ningún error. Tal y como golpeas el balón contra ella, así vuelve».

¿Y qué decían los demás al respecto?
«Eso ya me daba igual incluso entonces».

En 1970 llega al FC Bayern, a un vestuario lleno de fuertes carácteres: Beckenbauer, Maier, el entrenador Lattek y, además, el mánager Schwan. ¿Cómo encontró su sitio allí?
«Siempre he tenido problemas cuando alguien venía a tocarme las narices. Si alguien quería que hiciera algo que para mí no tenía sentido, preguntaba: “¿Por qué tengo que hacer eso?”. Y si lo haces cuatro o cinco veces, la otra persona se da cuenta de que no puede hacer contigo cualquier tontería y empieza a pensárselo».

¿De dónde le viene esa actitud?
«Crecí principalmente con mi tía y mi tío. Mi padre trabajaba fuera y tenía que desplazarse, mientras que mi madre trabajaba por turnos en la fábrica textil de Kolbermoor. Durante la guerra, mi tía fue enfermera durante años. Era una mujer con muchísimo carácter y muy cariñosa, y cualquiera que llevara a casa recibía lo mismo para comer que nosotros; aunque solo fuera una rebanada de pan con mantequilla, porque no había más. Ella siempre me decía: “Paule, no dejes que nadie pase por encima de ti. Pregunta. Y después decide”. Ella hizo de mí la persona que acabé siendo».

¿Hay alguna escena de sus primeros tiempos en el Bayern que refleje eso? 

«Por aquel entonces estábamos continuamente de viaje. En un momento dado, uno de los veteranos me dijo: “Ten cuidado, Schwan pronto te demostrará quién manda aquí”. Robert Schwan era, por lo demás, un buen tipo y tenía una idea clara de cómo hacer avanzar al club. Pero estaba acostumbrado a tratar a los jóvenes desde una posición de superioridad y a dejar claro: “Yo soy el jefe”. Estábamos en Niza para disputar un partido. A primera hora de la mañana sonó el teléfono en mi habitación. Descolgué y Schwan, con tono autoritario, me dijo: “Paul, ¡levántate! ¡Ahora sales y te ocupas de la ropa de entrenamiento sucia y de las botas!”. Entonces encendí la luz: eran las 6:15 de la mañana. Le grité a través del teléfono lo que pensaba de él en ese momento y le dije que se encargara él mismo de aquella mierda y nos dejara dormir a los jugadores. Y que, si volvía a ocurrir, se las vería conmigo. Y colgué».

¿No hubo consecuencias?

«Sí, pero llegaron mucho después. En 1977, durante el cumpleaños de Wilhelm Neudecker. Hacía dos años que no nos veíamos, porque yo estaba en Madrid. Nos encontramos en el “Käfer” y me quedé allí de pie. Pensé: “Ahora tengo curiosidad”. Se acercó a mí, me abrazó y me dijo: “Paul, me alegra muchísimo volver a verte. Y, sobre todo, eres una de las poquísimas personas a las que he respetado de verdad. Sabía que llegarías a ser alguien. Y Paul, a partir de ahora soy Robert”».

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Por aquel entonces estuvo seis años sin jugar con la selección alemana. ¿Fue una cuestión de principios o de cabezonería?
«Yo no era un niño cabezota, sino un niño que siempre dejaba claro: conmigo no. Y toda esa historia absurda de que habíamos anunciado nuestra retirada por el lío con nuestras mujeres durante el banquete del Mundial fue inventada. El verdadero motivo llegó después. Cuando estaba en Madrid, Günter Netzer y yo aún jugamos dos partidos con la selección en la primavera de 1975. Después dijimos: esto ya no tiene sentido. Jugábamos los domingos con el Real y no llegábamos a la concentración de la selección hasta el lunes para disputar un partido internacional el miércoles. Pero para entonces habíamos adquirido en Madrid una idea completamente diferente de cómo funciona el fútbol. No le hacemos ningún favor a este equipo; nos estamos perjudicando a nosotros mismos y estamos desorientando a los demás porque todo esto se queda a medias. Así que nos retiramos».

En 1998 estuvo a punto de convertirse en seleccionador nacional. Todo se frustró por una sola frase en una entrevista. ¿Nunca pensó: “Ojalá hubiera retirado aquello”?
«Para mí no existe el “si hubiera”, “habría” o “podría haber sido”. La noche en que Berti Vogts dimitió en Malta, estaba en directo en Sat.1. Y dije: “Para la DFB es una oportunidad enorme de hacer borrón y cuenta nueva, cortar con el pasado y alejarse de ese ‘hip, hip, hurra’ y del ‘Once amigos debéis ser’. Y Franz Beckenbauer tiene que entrar inmediatamente en la presidencia, porque el fútbol alemán está en una situación tan mala que necesitamos a alguien que corrija nuestra imagen”. No fui más concreto. Esa misma noche, el presidente de la DFB, Egidius Braun, me llamó a casa. Teníamos una buena relación y quería convencerme. Le dije: “Señor Braun, es una idea fantástica, pero no conseguirán sacarme adelante; hay demasiada gente en la presidencia y en la junta directiva que está en mi contra”. Él quería presentarme al día siguiente. “Mañana tendrá que llamarme”, le predije, “y decirme: no puede ser”. Y me llamó al mediodía: lo sentía muchísimo, pero realmente no podía ser».

¿De verdad habría querido el puesto?
«Inmediatamente. Durante nueve meses, doce meses, sin contrato. Él mismo había dicho que necesitaba un administrador concursal del fútbol alemán. Aquello no habría sido una misión para toda la vida. Yo habría hecho lo que también necesitarían hoy: una orientación completamente nueva en la formación, en el entrenamiento de nuestros niños y jóvenes».

¿Qué se está haciendo mal?
«Después de 1974 empezamos a entrenar de repente tres veces al día en la Bundesliga. Había entrenadores en la cuenca del Ruhr que hacían correr a sus equipos a las seis de la mañana alrededor de una mina para demostrar: “Los futbolistas también trabajamos”. Al parecer, algunos debieron pensar: “Tenemos fuerza suficiente para 90 minutos; si ahora tenemos fuerza para tres horas, nadie podrá con nosotros”. Para mí, ahí comenzó el declive cualitativo del fútbol alemán. Y hoy estamos en una situación similar, desde hace ocho años. Hemos vuelto a entrenar a nuestros jugadores para que sean ejecutores obedientes de tareas en el terreno de juego. Tú haces esto, tú haces aquello, tú haces lo otro. Sin libertad».

¿En qué lo nota?
«Un ejemplo: en una localidad vecina juega un equipo infantil de categoría E o F. Está lloviznando y hace quizá 14 grados. Primero hay una pausa para beber a los diez minutos, porque a veces también la hay en el fútbol profesional. Y después, en el campo pequeño: desplazarse, desplazarse, desplazarse. El jugador de la izquierda, en el momento en que un rival se acercaba, no podía regatear, sino que tenía que jugar hacia el centro. Y si allí alguien presionaba al jugador del centro, este devolvía el balón al portero. Igual que vemos en la Bundesliga. Ese es el problema: que los pequeños vuelven a asumir demasiado de lo que hacen los mayores. ¡Maldita sea, tienen que desarrollarse igual que lo harían fuera del fútbol, de acuerdo con su talento y con sus posibilidades físicas!».

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Con motivo de su 75 cumpleaños: Lo mejor de Paul Breitner
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Esta crítica ya existía antes.
«Con doce años jugué con el ESV Freilassing la final de la Copa Escolar de Alta Baviera. Ganamos al FC Bayern por 3-1 y marqué los tres goles. Después del partido, los responsables del Bayern se acercaron a mi padre y quisieron convencerlo de que me trasladara a Múnich, junto con toda la familia. Incluso le habrían conseguido un nuevo puesto de trabajo. Entonces mi padre dijo: “¿Qué va a hacer con vosotros? ¿Convertirse en un futbolista del montón como los que ya tenéis, que hacen todos lo mismo?”».

Sería fácil decir: los jugadores están todos demasiado adaptados, necesitamos de nuevo jugadores con carácter.
«Sobre todo, sería un error. Porque los futbolistas solo somos un reflejo de nuestra sociedad. Es la época en la que vivimos: el afán por la seguridad y el miedo a caer son mayores que nunca. Hoy, lógicamente, yo sería uno más. En el campo, desde luego, porque todos los entrenadores te indican cada pase. Pero también en lo que hago y en lo que digo. Sería constantemente consciente de que detrás de cada árbol hay alguien con la cámara del móvil. Los jugadores que tenemos hoy han crecido dentro de esa realidad».

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Estoy en paz conmigo mismo, sí. Y precisamente por esto: si alguna vez no hubiera estado en paz conmigo mismo, lo habría cambiado inmediatamente. En eso soy testarudo y consecuente. No puedo soportar mentirme a mí mismo.

Paul Breitner

Usted fue uno de los primeros en decir abiertamente: «Yo también juego por dinero». Hoy hay jugadores que se marchan a Arabia Saudí por cientos de millones. ¿Dónde termina la libertad y dónde empieza venderse?
«Se está planteando la cuestión desde el lado equivocado. El jugador no exige nada absurdo: exige lo que dicta el mercado. Nadie se pregunta cuánto gana un George Clooney o una Lady Gaga en comparación con quienes les precedieron. Y los futbolistas somos los mejores artistas del entretenimiento del mundo. Si vas a África o a Sudamérica: iglesia, trabajo, fútbol. En Europa, el fútbol es el centro de todas las sociedades y, a estas alturas, también en la península arábiga. Y aquí no se trata de venderse, sino de comprar. Igual que Catar y Arabia Saudí compraron el Mundial, también compran grandes nombres. Llegas a una edad en la que, en realidad, dejarías de jugar, ya no tienes objetivos deportivos que tengas que demostrar de cara a la galería. Con Ronaldo se ha visto que las cantidades que recibe no guardan ninguna relación con lo que aporta hoy en día. Ofrece actuaciones puntuales, nada más. Yo lo resolví de otra manera y lo dejé a los 31 años. Podría haber jugado tranquilamente otros cuatro o cinco años y prácticamente ningún espectador habría notado que el primer año ya solo rendía al 90 %, y después al 85 %. Pero el espectador paga para que yo esté al 100 % de mis capacidades. Ser el compañero del espectador: ese era mi criterio fundamental».

Sobre el terreno de juego y como comentarista, siempre ha sido el incómodo; con la Orden de Malta y en el banco de alimentos, en cambio, apuesta por el encuentro de igual a igual. ¿Es una contradicción o ambas cosas tienen la misma raíz?
«Tienen la misma raíz. En el hecho de que en los años 50 todavía viví la pobreza de la posguerra en Kolbermoor. No soy de los que hacen algo para “devolver algo a la sociedad”. No soporto esa expresión, porque no hay nada que yo tuviera que devolver: todo me lo he ganado por mí mismo. Pero doy aquello que tengo más que los demás: tiempo. Eso es lo más importante que pueden aportar quienes se comprometen socialmente. Y después, si son capaces de ello, empatía. Tener sensibilidad hacia la situación de cada persona».

Ahora cumple 75 años. Toda su vida se ha enfrentado a algo: a dirigentes, a los medios, a las expectativas. ¿Contra qué se enfrenta una persona cuando desaparece la resistencia? Ya no tiene que demostrarle nada a nadie.
«Hace mucho que no tengo que demostrar nada. Y también me he tomado la libertad de vivir aquello que siempre les digo a los demás. La palabra más importante de mi vida ha sido: “No”. No diriges tu vida diciendo siempre que sí. En las situaciones decisivas tienes que ser sincero, tan sincero contigo mismo que a veces incluso duela. Si no hubiera sido capaz de hacerlo, no estaríamos aquí sentados. Sé que no siempre he sido una persona fácil de tratar cuando me convencía de que, en un determinado momento, hacía falta cierta dureza».

Ha cuestionado prácticamente todo. Pero nunca una decisión: lleva más de 55 años casado con su mujer.
«Sencillamente porque hace 60 años se encontraron dos personas con la misma alma. Y porque ella vive de la misma manera que yo. Hay momentos de verdadera felicidad. Mi padre me dijo: “Cuando cumplas diez años, dejaré de trabajar fuera y os traeré conmigo a Freilassing. Y tú irás al instituto humanístico de Traunstein; allí aprenderás latín, y con el latín puedes llegar a ser lo que quieras”. Años después, siempre le decía: “¿Verdad, papá? Con el latín puedes llegar a ser lo que quieras, incluso un futbolista tonto”. Pero sigo adorando el latín a día de hoy, y también adoro el griego antiguo. A lo largo de mi vida he recorrido varias autopistas. La que va de Kolbermoor a Freilassing era la más ancha. Y esa me llevó hasta mi mujer».

Ha escrito sus recuerdos para su familia. ¿Qué supone para una persona contemplar su propia vida desde tantos ángulos y durante tanto tiempo?
«Sentía la necesidad de transmitir mi vida a mis hijos, a mis nietos y, algún día, a mis bisnietos. Surgió a raíz de una experiencia familiar. El padre de mi mujer era actor de teatro popular y músico, nació en 1902. Durante los años 70 contaba una y otra vez historias a nuestras hijas, y nos parecían tan bonitas que en algún momento compramos una grabadora con micrófono y él lo grabó todo. En algún momento, mi mujer me dijo: “¿Por qué no escribes tú también? Aquí cuentas tus historias, allí cuentas otras… pues cuenta también las que solo conciernen a la familia”. Empecé a finales de los años 90. Unas páginas; después, uno o dos años sin escribir nada. Durante años viajé por todo el mundo con el FC Bayern y en los aviones tenía mucho tiempo para hacerlo. El proyecto se prolongó durante dos décadas y media. Pero, cuanto más tiempo pasa, más capas aparecen».

¿Está en paz con el hombre que protagoniza esa historia?
«Estoy en paz conmigo mismo, sí. Y precisamente por esto: si alguna vez no hubiera estado en paz conmigo mismo, lo habría cambiado inmediatamente. En eso soy testarudo y consecuente. No puedo soportar mentirme a mí mismo. De vez en cuando puedo engañarme un poquito a mí mismo, pero no con las cosas realmente importantes».

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